Español en América

mayo 26, 2009

Los pájaros, cuento infantil

Filed under: Relatos y cuentos — Mercedes @ 2:14 pm

Una gran bandada de palomas se elevó sobre nuestras cabezas cuando paseábamos por el parque.

Era invierno y el tiempo era muy frío. Nunca había visto ni tantos pájaros ni con tal mal aspecto.

Los bichos tenían un aspecto despeluchado, como de estar enfermos. La niña se dio cuenta y se acercó para verlos de cerca. En aquel momento, la bandada levantó nuevamente el vuelo.

Recordé las palabras de su padre : no os acerquéis a las palomas en invierno, son portadoras de infinidad de enfermedades.

Seguimos con nuestro paseo, pero no me podía quitar de la cabeza la impresión de aquellos pájaros con su aspecto lamentable.

Era la contraposición de la película de Hitchcock “ Los pájaros “ agresivos y malvados , y , estos del parque de la Alameda, tristes que daban pena.

Pero ¿ cuáles podían ser más peligrosos ? Los pájaros asesinos de Hitchcock o estos otros del parque moribundos ?

Las enfermedades son como los gases, invisibles y muchas veces mortales. Los seres humanos lo que no vemos no le damos importancia.

Tampoco nos interesan los consejos de los mayores, los consideramos más invisibles que los gases.

Después del paseo por la ciudad, impresionadas la niña por el mal aspecto de aquellas aves revoloteando sobre nuestras cabezas, iniciamos la vuelta a casa. La niña no se aburría de repetir :

“ Mi papá dice que no nos acerquemos a las palomas porque nos contagian todas las enfermedades. “

Llegamos a casa. Bañé a Koro. Cenó. Leyó el cuento correspondiente de todas las noches. Se durmió como un angelito. Angelito repipi, repetía todas las sentencias de su padre. Que también era repelente : las mujeres nunca teníamos razón. No escuchábamos. No hacíamos caso, sólo lo que nos daba la gana.

Al día siguiente, la niña fue al colegio como todos los días. Bien abrigada, asomando sus ojos grandes y claros entre un sinfín de prendas de abrigo, dobles y triples, bufanda, gorro, capucha, incluso un paraguas rosa, su color preferido.

En Ronda hace un frío sin igual. El cambio climático no nos ha tocado, como la lotería. La capa de ozono es posible que haya encogido, pero este frío, va en aumento año tras año.

A las cinco de la tarde, le fui a recoger al colegio. Después de actividades escolares y extraescolares, la niña tenía su clase de natación a la que nunca faltaba.

Noté que tenía una leve tos, pero no le di importancia. Se mostraba alegre y contenta porque había conseguido un diez en las tablas de multiplicar.

Con las famosas tablas, tenía yo una enorme confrontación con su padre.
La niña le tenía adoración y aprendía mejor que conmigo. La diferencia de edad le ponía en los años de la educación franquista, sin duda más germánica y autoritaria que la actual. Pero la niña aprendía y para su padre que apoyaba su enseñanza en la memorística, triunfaba porque la niña a base de repetir y repetir, aprendía.

Me daba rabia que la niña prefiriera la forma de aprender de su padre, porque aunque no siendo feminista, soy una fanática de la superioridad de las mujeres sobre los hombres : somos más listas, aplicadas y trabajadoras que los hombres…

Pero Koro no era de la misma opinión :

“ Tú no, papá “ , sentenciaba

Papá le enseñaba las cuentas, incluso el inglés, idioma del que no tenía ni pajolera idea.

Así son las cosas, y la diferencia entre hombres y mujeres es que ellos “ venden “ mejor el producto que nosotras.

Fuimos a la piscina Municipal. Calentita el agua, la temperatura ambiente y también Koro que tosía más y más fuerte hasta preocuparme.

– Los pájaros me han contagiado – añadió
– No digas tonterías, las palomas no tienen nada que ver.

A pesar de la tos, Koro se mostraba muy contenta por que Manolo, su profesor de natación le había enseñado a tirarse de cabeza.

Llegamos a casa, sufriendo el simpático frío rondeño. Eso sí, ese día no diluviaba pero el fortísimo viento congelaba la respiración.

En casa le di dalsy y bisolvón, que son remedios universales. Mis conocimientos médicos no pasan de ahí : el primero hace descender la temperatura corporal y el jarabe dulcifica la tos.

No es ni bueno ni correcto el automedicarse y menos a los niños, pero ya era muy tarde y pensé que el frío intenso de Ronda podía ser peor remedio que esa medicación.

Aquella noche fue terrible. Le subió la temperatura a casi 39º y no paraba de toser, produciendo un ruido que no me gustaba nada. Finalmente no tuve más alternativa que abrigarla, coger el coche y llevarla a urgencias.

Llovía, hacía frío, lo que se dice una noche de perros. La niña no decía nada de lo mal que estaba. Llegamos al hospital y como eran las tantas de la madrugada, las urgencias estaban desiertas. Nos atendieron enseguida.

Una doctora joven nos pasó a su consulta.

La niña le dijo :

– Son las palomas, me han contagiado las palomas.

La doctora se rió y dirigiéndose a mi :

– ¿ Ha estado en contacto con animales ?

La niña le espetó rápidamente :

– Animales no, palomas

Pero, ¿ es que las palomas no son animales ?

La niña contestó con su rapidez habitual :

– ¡ las palomas no son animales, son aves , lo ha dicho la seño!
– Déjame verte esa garganta. Están las amígdalas muy infectadas y eso te produce una temperatura muy alta. La amigdalitis no está producida por las palomas, es una bacteria.
– Las palomas contagian un virus, el de la influenza tipo A que es el causante de catarros, gripes que son enfermedades virales.

La niña no se quedó satisfecha :

– Mi papá ha dicho que son las palomas y no se equivoca nunca.

La doctora :

– Mira Koro, esta vez tu papá se ha equivocado. Verás que con las medicinas que te receto, te vas a curar, pero dile a tu papá que sí, que las palomas contagian muchas enfermedades a parte de las virales como una zoonosis llamada psitacosis producida por una bacteria la Chlamidia psittaci.

Después de aquella lección magistral dada por la doctora, la niña se quedó muy tranquila. Llegando a casa le recordó a su padre :

– He visto a una doctora que sabe más que tú de palomas y, además es muy guapa.
– ¿ Qué tiene Koro ? Dijo su padre
– Amigdalitis, una amigdalitis de caballo, le contesté
– He comprado en la farmacia de guardia, las medicinas que me ha recetado.

Mano de santo, los medicamentos de la joven, guapa y preparada doctora hicieron su efecto con rapidez y a los dos días la niña correteaba por el patio de la Inmaculada los días de colegio, y los días de fiesta por la Alameda, subiéndose a columpios y toboganes, pregonando lo lista que era la doctora.

Sin embargo, cada vez que veía a las palomas, le infundían respeto y procuraba evitarlas.

Afortunadamente había recibido una pequeña lección acerca de la no infalibilidad del ser humano y en concreto de su padre.

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