Español en América

enero 7, 2010

El geranio: el cuento del año

Filed under: Relatos y cuentos — Mercedes @ 7:38 pm

                         

Reflexiono sobre los grandes fenómenos amatorios de la historia como Romeo y Julieta, Zapatero y Rajoy, Pedro J. Ramírez y J. L. Cebrián, los casos de enamoramiento primero y amor posterior son numerosos, frecuentes y hasta cierto punto son los que mueven a la humanidad. No se olviden de guerras como la de Troya.

Comparables son los movimientos crematísticos que causan conflictos y mueven a los hombres pero por razones ajenas a las amatorias.

La tinta que ambos fenómenos hacen correr, es un río, un mar.

Solo superables en interés, los chismes del corazón, que semánticamente los podríamos relacionar con el fenómeno amatorio, las noticias locales y las defunciones.

Que la taxonomía de este oficio del periodismo es conveniente para repartir el trabajo en las reacciones de los periódicos y que cada mochuelo se especialice en un olivo determinado. Mi picual preferido es otro, el de cuentista, noble oficio, mediterráneo como el olivo, que dada la condición digital, ecológica y sostenible de este blog, tiene como finalidad la de divertir al personal, reírse de todo el mundo, si es de los políticos mejor, porque para ello cobran del erario público y si además, se puede extraer alguna moralina, entonces miel sobre hojuelas.

Desde pequeñita me han gustado los animales y las plantas, sin que la relación tenga ninguna connotación sexual, cosa ahora no tan evidente.

Los animales tienen tantos problemas como los humanos, puesto que comen, hacen sus necesidades, se reproducen y mueren. Además, en sus intentos de comunicación con otros seres emiten sonidos un tanto molestos para nuestros vecinos como los ladridos de nuestros mejores amigos.

Por otro lado su ventaja mayor, dentro de la cada vez más importante función universal de la comunicación, es la de no pronunciar sonidos comunicativos expresionales,  en cristiano, que no hablan, menuda suerte.

Sin embargo, utilizan el lenguaje de signos, ese movimiento pendular de la cola que más de una vez ha roto algún jarrón y el babear, esa espuma que siempre mancha nuestras alfombras.

A pesar de todo, un intelectual inglés pronunció esa frase célebre de que <cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro>.

Reflexión genial, la de este inglés que dejando de lado la investigación, la tecnología y la innovación se dedicó a la nada productiva ciencia de la filosofía que solamente produce calvicie y desasosiego.

Así me encuentro filosofando sobre si comprarme un perro o un planta, cuando el chucho de la vecina que no me alcanza al tobillo, pegó un respingo para orinarme en el dobladillo de mis pantalones.

El pis no llegó al río, pero fue lo suficientemente intenso como para ahuyentar a un pretendiente que dudó entre mi versión o la del can, que por supuesto después de quedarse tan ancho tomó pies en polvorosa.

Como eso de los novios no es tan abundante como el paro, comenzó mi reflexión sobre la conveniencia o no de un animalito (exclusión hago de los políticos) y sobre la posibilidad de introducir en mi mansión alguna planta.

La reflexión británica sobre el amor a los animales, muy juiciosa como todo lo procedente de esos fríos lares, no me ha convencido. Estoy sumida, que no sumisa, en un proceso intenso de reflexión sobre la posibilidad de adquirir un geranio.

¿Por qué un geranio y no una rosa símbolo de la progresía sociata?

El geranio es una humilde planta que representa la humildad, la moderación, el conformismo, todas las virtudes necesarias en este mundo global de la pedantería, la soberbia y el orgullo de los que todo lo hacen bien sin equivocarse.

Por eso mi planta va a ser un geranio, a poder ser de color blanco.

Me entusiasma la idea de reflexionar junto a mi planta sobre la fragilidad de tantos temas que me apasionan, al calor de la chimenea.

Escuchar el susurro de las hojas verdes repletas de clorofila, observar la función ecológica de producción de oxígeno, silenciosa por cierto como la del dióxido de carbono, y tantas cosas como la de mirar con cariño y amor su crecimiento.

Al final, la moraleja de este cuento del año, del año nuevo es evidente: <cuanto más conozco a los animales más quiero a mi geranio>.

Reflexión después del pis del perro de mi vecina y de una charla filosófica con mi geranio.

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