Español en América

julio 7, 2011

Del papiro a la nube

Filed under: Lengua española — Mercedes @ 6:09 pm

Soy la a una humilde vocal del alfabeto y aunque no lo crean tengo tantos años, que no se lo van a creer.
Nací en un papiro o trozo de piel en el antiguo Egipto. El mundo no se pone de acuerdo en el lugar de mi nacimiento. Me atribuyen la cuna en Mesopotamia y aparecí según mis biógrafos en un pergamino.
Lo cierto es que mis orígenes se remontan tan lejos que no está muy claro donde fui engendrada.
Grecia y Roma usaron y abusaron de mi. Di soporte a las lenguas clásicas, griego y latín fueron gracias a esta humilde servidora la base de la filosofía universal.
Los chinos pasaron de mis servicios y crearon otra forma de cultura que resplandece en mi ausencia.
Pensaba que era imprescindible y que papiros, pergaminos, papeles y paredes serían mis fieles compañeros, amigos y aliados.
Unidos por el amor a los libros, a los signos y al pensamiento compartimos papel y pluma. La tinta fue amiga inseparable durante siglos.
La imprenta marcó una época en la que los escribas y frailes perdieron sus curros y, el silencio de los monasterios dejó paso al ruido intenso de las máquinas.
Mi vida se normalizó. Antes los escribanos redondeaban mis formas cada uno a su manera.
Sentía sus caricias y la belleza de los sentidos me enamoraba. No puedo decir si los egipcios o los monjes moldearon mejor mi cuerpo.
Los impresores comenzaron a tratarme sin contemplaciones. Pasé de ser el centro del universo a una letra con el mismo trato que las demás.
De ser la primera de la clase y la niña mimada, formé parte de una cohorte de signos todos iguales y sin ninguna distinción.
La máquina de imprimir fue compañera de la de escribir, ruidosa y molesta, incapaz de teclear en silencio. La cadencia de los usuarios de ese infernal aparato me recordaba la imprenta y el dolor de cabeza que producía.
Los escritores, esos señores que presumen de escribir, golpeaban con prisa las dichosas herramientas que pronto pasaron a los museos.
La escritura evoluciona y las bibliotecas donde me alojaba pasaron de guardar los incunables de los monasterios a libros de todos los colores y pelajes.
Ediciones rústicas o grandes enciclopedias, libros ilustrados o catecismos baratos, pero desde el más humilde al más lujoso necesitaba mi presencia.
La máquina de escribir, esa del ruido infernal y que escritores y funcionarios aporreaban sin pausa para conseguir letras uniformes, deja paso a la eléctrica también efímera como todo lo humano.
Lo cierto es que los medios cambian pero yo permanezco. Se darán cuenta que la a es y seguirá siendo la a, la primera vocal y letra del alfabeto, siempre viva, con independencia de papeles, pergaminos o máquinas.
De repente aparece la revolución, un artefacto enorme y curioso que no necesita tinta y que llaman ordenador.
Algunos prefieren la palabra computador, o su femenino con a. Sin la a poco o nada hay que hacer. Se me olvidaba, mi género es femenino que reivindico ahora tan de moda las protestas. No entiendo la razón del nombre porque los que lo usan me dicen que ni ordena ni computa y, nadie se atreve a dar un apelativo acorde con sus funciones.
Las plumas, los lápices, los bolígrafos y otras herramientas que han modelado mi cuerpo durante siglos, quedan arrumbados a los cajones o a los escritorios y el nuevo aparato se impone.
Siempre un teclado que desde la primera máquina de escribir conserva su valor y, es el punto en común de las máquinas desde que se inició la imprenta. En él estoy en primera fila de las letras lo que me llena de orgullo. Soy y seguiré siendo imprescindible, por muchos cambios que se produzcan estaré en papel en las bibliotecas y ahora en eso que llaman la nube.
Lo de la memoria no lo entiendo ni poco ni nada. Dicen los expertos en ordenadores que tienen memoria. Antes de ese descubrimiento pensé que era una facultad intelectual de los humanos. Por lo que cuentan, los escritos se agolpan en los ordenadores y se guardan en forma de archivos que son como relatos más o menos cortos y siempre aburridos.
Escritores los hay de dos clases, los que aburren y se creen imprescindibles y, otros, los más sensatos y humildes que escriben por placer.
Los más, lanzan sus ideas al viento de la red para que en forma de blogs o diarios los lectores las recojan como si fueran una cosecha.
La modernidad termina hoy en la red. Lo de la memoria fue complicado y todavía no llego a comprender su significado. Pero lo de la red es y será inalcanzable. La entiendo como herramienta para atrapar peces o incluso personas, pero el que las palabras se recojan en ella supera mi inteligencia.
Debe ser verdad porque las palabras en esa dichosa red se pueden enviar de un lugar para otro por muy lejano que esté, se reciben también de una máquina a otra aunque una se encuentre en China y la otra en Andalucía, siempre para conformar el mensaje me necesitan por lo que mi regla y ley de oro es que los siglos pasan pero de la a no pasa nadie.
Las novelas y creaciones de los escritores se almacenan en las memorias de los ordenadores, se transmiten a la velocidad de la luz, se piratean y al final se leen, impresas o en formas que llenan mi cuerpo de escalofrío como un invento que denominan e-book.
Esta historia comienza a estremecerme porque los inventos nunca acaban.
Antes iban despacio, porque la mente trabaja con pasos cortos.
La nueva era de una señora llamada Internet, revoluciona el pensamiento que camina vertiginoso y no se donde iré a parar.
Lo de “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, nunca fue verdadero pero ahora siento que lo es. El cerebro, que en mis ratos de ocio llamo “descerebro” a base de ciencia y progreso pase a ser algo consistente.
La cultura, gracias a Internet, a esa libertad de acceso a la ciencia y, que sobre todo la a está siempre presente y más viva que nunca, conseguirá que los seres humanos se llenen de amor a las letras, a la escritura aunque sea digital y sin tinta, con ordenadores o sin ellos, pero ese cariño será eterno.
Mi vida de miles de años tampoco termina en la nube. Si la memoria y los ordenadores me traen por mal traer, lo de la nube me inquieta y no llego a entender como las palabras pueden existir en algo tan etéreo como es el aire, el viento o esa carga de humedad que contiene desde música hasta libros.
El día que comprenda que en la nube están las ciencias, el arte y la literatura está lejos de mi cerebro. Que una biblioteca pueda alojarse en un e-book, puedo llegar, pero en una nube…
Los humanos, esos descerebrados que de vez en cuando producen algún chiste que provoca llanto, algún libro trufado de tonterías y faltas de ortografía, son incapaces de llevar mi letra a la nube.
En la nube, en la memoria de un ordenador o en una biblioteca, la a será la primera vocal, la primera letra del alfabeto y una herramienta imprescindible para que los humanos puedan comunicarse.

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